Cuando la corrupción también mata

Pablo Secchi
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24 de febrero de 2013  

Una formación de tren no se detiene al arribar a la estación Once a las 8.32 el miércoles 22 de febrero de 2012. El saldo de esta tragedia fue de 51 personas muertas y más de 700 heridas. Nos negamos a llamarlo accidente.

Se escuchan diversas teorías sobre lo que sucedió. Que fallaron los frenos; que el maquinista se durmió; que los frenos hidráulicos ubicados en la punta del riel en el andén no funcionaron... Hasta se dijo que la masacre se produjo porque los dos primeros vagones estaban abarrotados de gente "porque los argentinos queremos bajar primeros del tren".

Juan Pablo Schiavi, por entonces secretario de Transporte de la Nación, afirmó que "no se sabe qué pasó en los últimos 40 metros antes de que el tren chocara".

Permítannos disentir. Sí sabemos qué fue lo que sucedió en los últimos 40 metros antes de la tragedia.

A un año de la tragedia de Once queda claro e instalado en la sociedad que la corrupción mata.

La corrupción no tiene como consecuencia principal el enriquecimiento de un funcionario. Es eso, pero también mucho más.

La corrupción nos afecta día tras día. Desgasta nuestros derechos, y quizá como una de las derivaciones más graves, nos lleva a justificar la forma en que vivimos, o en la que tenemos que hacer las cosas.

Algunos testimonios de aquella trágica jornada decían: "Al principio no me preocupé, porque pensé que se había incendiado un tren. Siempre se incendian trenes".

Otros sobrevivientes comentaron: "Durante el viaje el tren se movía mucho; avanzaba y frenaba bruscamente. Pero como siempre lo hace...".

La corrupción también nos acostumbra a vivir mal.

El antiguo sistema ferroviario argentino dispone de buenas alarmas; veamos sólo tres de ellas.

El sentido común. ¿Qué otra cosa puede resultar de la combinación de trenes antiguos, superados en su capacidad de pasajeros, sobre vías en mal estado, terminales sin mantenimiento y con una concesión no controlada?

La falta de inversión, la ausencia de control y la negligencia no hacían a la tragedia de Once un hecho imprevisible. La corrupción nos hizo parecer ciegos.

Segunda alarma: la cantidad de informes que la Auditoría General de la Nación (AGN) había realizado antes del trágico hecho.

La AGN advirtió, en varias oportunidades, los incumplimientos de la concesionaria, que, incluso, no les daba respuesta a los pedidos de información que el organismo realizaba.

También señaló la ausencia de los planes de mantenimiento correspondientes.

El organismo había señalado, siempre antes de 2012, el déficit en el estado de conservación de pasos a nivel y cerramientos en la línea Sarmiento; también notificó sobre el estado edilicio de las estaciones.

En cuanto a los trenes propiamente dichos, la AGN advirtió que la empresa no realizaba un mantenimiento adecuado, ni brindaba respuesta técnica en tiempo y forma a las irregularidades detectadas en las inspecciones de seguridad.

La corrupción también desarma a nuestras instituciones.

Tercera alarma: se viajaba mal. Cada una de las 51 víctimas, y los más de 700 heridos, y todos aquellos que utilizaban el sistema ferroviario en la Argentina viajaban (viajan) muy mal.

Los trenes no llegaban a horario (a veces no llegaban) y se esperaba el arribo de las formaciones en estaciones que no estaban en condiciones.

Los trenes no estaban en condiciones. Se viajaba como se podía, generalmente se podía en forma inhumana. La corrupción, entonces, también mata.

En los últimos 40 metros del trayecto se acumularon la ausencia del Estado, la existencia de empresas socialmente irresponsables, la negación de las advertencias de los organismos de control y el desinterés por la calidad de vida de los ciudadanos. En el momento del impacto, entonces, la corrupción se hizo patente.

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