Transición en EE.UU.: las cuatro reglas que deberían guiar la política económica de Joe Biden

El presidente electo de Joe Biden
El presidente electo de Joe Biden Crédito: Captura de video
Paul Krugman
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16 de enero de 2021  • 16:20

NUEVA YORK.- Otra vez lo mismo. Por segunda vez en 12 años, un presidente demócrata recién elegido hereda una economía en graves apuros. Y si bien es difícil centrarse en cosas así después del intento de golpe de Estado trumpista de la semana pasada, mucho depende de que el plan de Joe Biden para afrontar nuestras calamidades económicas sea eficaz.

El estrecho margen demócrata en el Congreso supone que los objetivos progresistas más ambiciosos deberán quedar en suspenso. Pero el paquete de rescate que Biden hizo público el jueves ya es una señal de que el nuevo presidente no hará gala de la excesiva cautela que inhibió la respuesta del presidente Barack Obama a la crisis económica.

Aun así, por si algunos miembros del equipo de Biden se sienten precavidos, permítanme ofrecer cuatro reglas, basadas en la dura experiencia, que deberían animarlos a atacar con valentía el caos en el que nos hallamos.

Regla n.º 1: No duden del poder del gobierno para ayudar. La última vez que los demócratas llegaron a la Casa Blanca, se encontraban aún en una especie de vergüenza reflexiva, a medio camino de aceptar el dogma conservador de que el Estado siempre hace más daño que bien. Pero todo lo ocurrido desde 2009 nos dice que el gasto público puede ser enormemente beneficioso.

¿Se acuerdan de cómo los republicanos denunciaban el plan sanitario de Obama, llegando algunos incluso a compararlo con la esclavitud? Pues resulta que, a pesar de sus defectos, la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible (ACA por sus siglas en inglés) impulsó un descenso drástico del número de estadounidenses sin cobertura sanitaria, y dio a muchas personas una nueva sensación de seguridad al saber que no podrán negarles el seguro por padecer afecciones médicas preexistentes. Los intentos republicanos de revocar la ley fueron una de las razones principales por las que ahora los demócratas controlan el Congreso.

Más recientemente, la Ley CARES (ley de ayuda, alivio y seguridad económica contra el coronavirus), que proporcionó ayuda a las empresas, amplió las prestaciones por desempleo, envió cheques a la población, etcétera, alivió enormemente los daños causados por la pandemia; es posible incluso que mientras la ley estaba plenamente vigente la pobreza disminuyese.

Biden propone que se apruebe otro gran paquete de ayudas, que incluye una nueva iniciativa para reducir la pobreza infantil, y es posible que pronto tome medidas para que la ACA amplíe sus coberturas y atienda a un número mayor de ciudadanos. Debería presionar fuertemente en ambos frentes: la experiencia reciente demuestra que un gasto público inteligente puede mejorar mucho la vida de los estadounidenses.

Regla n.º 2:No se obsesionen por la deuda. Las advertencias constantes acerca de los peligros del endeudamiento público coartaron casi desde el principio el programa de Obama. Biden no debería permitir que eso ocurra de nuevo.

El hecho es que las funestas predicciones de los cascarrabias del déficit nunca se materializaron, y ahora el consenso extendido entre los economistas es que la deuda es un problema mucho menor de lo que la creencia general afirmaba. Entre otras cosas, aunque el nivel de endeudamiento federal pueda parecer elevado, los bajos tipos de interés hacen que la carga que supone el pago de esa deuda sea de hecho muy baja según baremos históricos. Ah, y no debería darse crédito a lo que todos sabemos que va a llegar: una supuesta preocupación por el déficit por parte de los republicanos, que clamaban contra la deuda durante el mandato de Obama, y después, durante el de Donald Trump, impusieron una rebaja de impuestos enorme y sin respaldo económico.

Regla n.º 3: No se preocupen por la inflación. Las constantes advertencias sobre la subida disparada de precios, combinadas con las afirmaciones falsas de que el gobierno está ocultando la tasa de inflación verdadera (no, este tipo de cosas no empezó con Trump) caracterizaron también los años de Obama; pero la inflación nunca despegó. No obstante, los sospechosos de rigor están redoblando esfuerzos para volver a intentarlo.

De modo que este es un buen momento para hacer hincapié en una lección clave aprendida durante los años de Trump: podemos soportar una economía "caliente", con desempleo bajo y grandes déficits presupuestarios, sin que la inflación se desate. Y Biden debería hacer todo lo posible para que la economía estadounidense vuelva a calentarse. Pero sin esperar ayuda alguna del partido de la oposición.

Regla n.º 4: No cuenten con la ayuda de los republicanos para gobernar. El pecado original de la política económica de Obama fue el flojo estímulo de 2009. La Ley de Recuperación y Reinversión Estadounidense ayudó a estabilizar la economía, pero se quedó muy corta, teniendo en cuenta la profundidad de la crisis. Y esto no lo digo en tono pasado: algunos ya nos tirábamos de los pelos públicamente en aquel momento.

Una de las razones por las que el plan se quedó tan corto fue que Obama intentó obtener el apoyo de ambos partidos, en lugar de usar la reconciliación para sacarlo adelante con los votos demócratas (que es como los republicanos aprobaron la rebaja de impuestos de 2017). Pero ese apoyo no llegó nunca; por el contrario, una recuperación lenta ayudó al Partido Republicano a hacerse con la Cámara en 2010, abonando el terreno para años de sabotaje político.

Biden no debe cometer el mismo error. Está bien que espere unos días para dar a algunos republicanos la oportunidad de subirse al carro, pero no puede dejar que el intento de alcanzar un apoyo bipartidista lleve a políticas descafeinadas.

Lo triste es que Biden no puede esperar ninguna ayuda significativa para gobernar por parte del Partido Republicano actual, un partido que en su mayor parte se ha pasado dos meses rechazando unos resultados electorales bien claros, y con muchos congresistas que todavía votan para que se rechacen los votos electorales incluso después de que una turba saquease el Capitolio. Y no debería dejar que la falta de apoyo bipartidista arruine su programa político. A los votantes no les importa el proceso; les importan los resultados.

Resumiendo todo esto, el mensaje es "al cuerno con los torpedos, adelante a toda máquina". No se debería permitir que una ideología caduca, las falsas preocupaciones económicas, o la vana esperanza de cortesía se interpongan en la aplicación de las políticas que Estados Unidos necesita.

The New York Times

(Traducción de Jaime Arrambide)

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