Opinión: Trump le deja a Biden un escenario global patas para arriba

El expresidente norteamericano, Donald Trump
El expresidente norteamericano, Donald Trump Fuente: AFP
Roger Cohen
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21 de enero de 2021  • 16:26

PARÍS.- La mayoría de los países perdieron la paciencia hace rato. Para los aliados de Estados Unidos, los erráticos estallidos del presidente Donald Trump eran inaceptables, por no decir lisa y llanamente ultrajantes. Hasta rivales de la talla de China y Rusia quedaron girando locos con los viscerales bandazos políticos del norteamericano. En 2016, Trump dijo que Estados Unidos tenía que ser "más impredecible". Y vaya si lo fue.

El flechazo que tuvo con el estalinista líder norcoreano Kim Jong-un, su arrodillamiento frente al presidente ruso Vladimir Putin, su obsesión con el "virus chino", su entusiasmo por la fractura de la Unión Europea, y el evidente y total abandono de los valores nodales de la democracia norteamericana, fueron un shock tan fuerte que la salida de Trump de la Casa Blanca es percibida mayoritariamente como un alivio.

Estados Unidos ha perdido el lustre, y sus valores democráticos, su contenido. La impronta de Trump en el mundo permanecerá. Más allá de las denuncias apasionadas y generalizadas, en algunos círculos Trump deja un legado que no se desvanecerá fácilmente. Con su obsesión de "Primero Estados Unidos", hizo que muchas otras naciones hicieran lo mismo y se pusieran también ellas primero. Y no parecen con ganas de volver a encolumnarse detrás de Estados Unidos. En el orden interno, la grieta que Trump se ocupó de alimentar perdurará, debilitando cualquier proyección del poderío norteamericano hacia el exterior.

"El señor Trump es un delincuente, un pirómano político que tiene que terminar frente a la Justicia", dijo en una entrevista radial el ministro de relaciones exteriores de Luxemburgo, Jean Asselborn. "Es una persona que fue elegida democráticamente, pero a quien la democracia no le importa en lo más mínimo."

Palabras como esas sobre un mandatario norteamericano en la boca de un alto funcionario de un aliado europeo era inimaginable hasta que Trump hizo del ultraje al prójimo uno de los leitmotiv de su presidencia, junto con el ataque a la verdad. Su negación de los hechos -su derrota en las elecciones de noviembre- fue vista por muchos lideres mundiales, incluido la canciller alemana Angela Merkel, como la chispa que encendió la toma por asalto del Capitolio, el 6 de noviembre.

Trump y la canciller alemana, Angela Merkel
Trump y la canciller alemana, Angela Merkel Fuente: Archivo

Para muchos países, esa turba desbocada en el sanctasanctórum de la democracia norteamericana era como ver a Roma saqueada por los visigodos. Para los observadores internacionales, Estados Unidos había caído. Esa alocada disrupción trumpista, en medio de una pandemia, le deja como herencia a Joe Biden una enorme incertidumbre global respecto de Estados Unidos.

"La Posguerra Fría ha terminado después de 30 años, y una nueva era compleja y problemática se abre ante nosotros: ¡un mundo en peligro!", dijo Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Munich.

El talento de Trump para el insulto gratuito llegó hasta los rincones más remotos del mundo. Desde Mbour, una ciudad costera de Senegal, el administrador escolar Rokhaya Dabo dijo: "No hablo bien inglés, pero me sentí ofendido cuando dijo que África es un cagadero". Desde Roma, Piera Marini, que tiene un negocio de sombreros sobre la Via Giulia, dijo estar encantada de que Trump se vaya: "Solo ver como trataba a las mujeres daba escalofríos."

"Biden tiene que ocuparse de restaurar la democracia en su país, y hacerlo humildemente, para permitir que los europeos acepten que tienen problemas similares, y así encarar juntos la solución", dice Nathalie Tocci, politóloga italiana. "Con Trump, nosotros, los europeos, de pronto éramos el enemigo."

Sin embargo, y hasta el final, el nacionalismo de Trump no perdió a sus defensores. Estos iban desde la inmensa mayoría de los israelíes, agradecidos por su apoyo incondicional, hasta los aspirantes a dictador de Hungría y Brasil, que vieron en él al líder carismático de una contrarrevolución contra la democracia liberal.

En otros lugares, el apoyo a Trump era ideológico: el símbolo de un gran vuelco autocrático y nacionalista, personificación de una revuelta contra las democracias occidentales, demonizadas como ese lugar donde mueren la familia, la iglesia, la nación y las nociones tradicionales de género y matrimonio. Trump es quien se resistió a las migraciones masivas, a la diversidad y a la erosión del dominio del macho blanco.

Esta guerra cultural a escala global continuará, porque las condiciones de su erupción -incertidumbre, desaparición de empleos y profesiones, y resentimiento social por una inequidad potenciada por el impacto del Covid-19-, siguen presentes, desde Francia hasta América Latina. Por lo tanto, también persistirá el fenómeno Trump, y sus decenas de millones de seguidores no van a desvanecerse en el aire.

"¿Los hechos del Capitolio son el clímax y trágico punto final de los cuatro años de Trump, o son el acto fundacional de una nueva violencia política norteamericana, que se alimenta de una peligrosa energía?", se preguntó el secretario general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, François Delattre. "No lo sabemos, y para los países que sufrimos una crisis simular de nuestro modelo democrático, es motivo de preocupación."

Francia es uno de esos países donde el enfrentamiento tribal va in crescendo. Si el Departamento de Justicia de Estados Unidos pudo ser politizado, si los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) pudo ser desmembrado, y si 147 electores del Congreso siguieron negándose a refrendar el resultado de la elección, incluso después del asalto al Capitolio, entonces no hay razón para creer que en otra sociedad fracturada por la post-verdad no pueda pasar cualquier cosa.

"¿Cómo llegamos a esto? 'De a poco, y después de golpe', como decía Hemingway", dice Peter Mulrean, exembajador norteamericano en Haití, que vive actualmente en Francia. "Vivimos un sostenido socavamiento de la verdad, de los valores y las instituciones. Lo vive el mundo entero."

Como ha señalado el historiador británico Simon Schama, "Cuando muere la verdad, también muere la libertad." Trump, para quien la verdad no existe, deja un escenario político donde la libertad está debilitada. Una Rusia envalentonada y una China cada vez más afianzada están en mejor posición que nunca para mofarse de la democracia y presionar a favor de agendas contrarias al liberalismo.

En cuanto a China, la política de Trump fue tan incoherente que Xi Jinping terminó apelando a la empresa Starbucks, que tiene miles de locales en China, para que ayudara a mejorar las tensas relaciones chino-norteamericanas. La semana pasada, Xi le escribió al exCEO de la empresa, Howard Schultz, que "lo alienta a colaborar con el desarrollo de las relaciones bilaterales", según informó la agencia de noticias Xinhua.

El enfoque de Trump fue errático, pero sus críticas muy consistentes. Con su Estado policíaco, China quiere superar a Estados Unidos como mayor superpotencia mundial para mediados de siglo, tal vez el mayor desafío que enfrentará el gobierno de Biden. El flamante presidente se propone encolumnar a todas las democracias del mundo para enfrentar a China. Pero el legado de Trump es la reticencia de los aliados a alinearse detrás de un Estados Unidos cuya palabra hoy vale menos que nunca. Por el momento, parece inevitable que la Unión Europea, India y Japón decidan su propia política hacia China.

Trump calificó de "débil y deshonesto" al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, pero el brutal Kim de Corea del Norte le pareció "divertido". Nunca le encontró sentido a la OTAN, pero le hizo la venia a un general norcoreano.

Trump, en su reunión con el dictador norcoreano
Trump, en su reunión con el dictador norcoreano Fuente: Archivo

Se retiró del Acuerdo de París 2015 sobre el cambio climático y del acuerdo nuclear con Irán, y planeaba abandonar la Organización Mundial de la Salud. Trastocó irremediablemente el orden mundial Posguerra liderado por Estados Unidos. Y por más que la administración de Biden actúe de inmediato para revertir algunas de esas decisiones, como se sabe que hará, la confianza del mundo tardará años en restablecerse.

Ischinger ya lo adelantó: "No volveremos a las relaciones pre-Trump".

Dimitri Medvedev, expresidente de Rusia y actual subdirector del Consejo de Seguridad del Kremlin, describió a Estados Unidos como "un país sumido en una guerra civil fría" que lo convierte en un socio impredecible. En un ensayo, Medvedev concluyó que "es probable que en los próximos años nuestra relación siga siendo extremadamente fría".

Pero la relación de Estados Unidos con Rusia, al igual que otras relaciones internacionales claves, cambiará con Biden, un hombre con profundas convicciones sobre el crucial papel internacional de Estados Unidos en la defensa y difusión de la libertad.

Putin tardó más de un mes en felicitar a Biden por su victoria. En los puestos de souvenirs en Ismailovo, una feria al aire libre de Moscú, ahora tienen matrioshkas con la imagen de Biden y ya no se ven las de Trump. "Ya nadie las quiere", dice uno de los puesteros. "Está acabado."

Al igual que Estados Unidos, el mundo también quedó traumatizado por los años de Trump. De eso dan testimonio todo el alambre de púas y los miles de soldados de la Guardia Nacional desplegados en Washington para que en los Estados Unidos de América haya una transferencia pacífica del mando.

Pero la Constitución resistió. Y las pisoteadas instituciones resistieron. Así como resistió Estados Unidos después de despliegues de tropas similares para proteger las legislaturas de los estados durante el movimiento de derechos civiles en la década de 1960. Ahora Trump está en Mar-a-Lago. Y nunca ha sido buena idea apostar contra la capacidad de Estados Unidos para reinventarse y resurgir. Ni siquiera en los peores momentos.

The New York Times

(Traducción de Jaime Arrambide)

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