Un conflicto agravado por la soberbia y la falta de racionalidad

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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18 de enero de 2019  

NUEVA YORK.- ¿Y ahora cómo sigue lo del Brexit? ¿Un segundo referéndum? ¿Un divorcio caótico? ¿Una nueva oferta de la Unión Europea (UE) que no sea tan ofensiva como la que acaba de ser rechazada? Solo Dios sabe, y quizá ni siquiera.

Parte del problema radica en que la mayoría de los involucrados no parecen ser demasiado racionales. Mucho se ha escrito sobre las fantasías de quienes apoyan el Brexit, y tengo poco que agregar. Pero también hay que advertir sobre las fantasías de los eurócratas, que a lo largo de todo este proceso se comportaron como si Gran Bretaña fuese Grecia y que por lo tanto podía ser prepoteada hasta su rendición. Un mínimo gesto en 2016 habría bastado para salvar la votación. Y un poco menos de dureza a la hora de imponer condiciones humillantes habría terminado en un Brexit sin sobresaltos. Pero se impuso la soberbia.

Ahora tenemos que escuchar que los funcionarios de la UE están aterrados por el alcance de la derrota de May, y mi sensación es que recién ahora los líderes europeos empiezan a entender que un divorcio caótico también sería muy perjudicial para la frágil eurozona. Y no es joda.

Por el momento, analicemos dónde estamos parados en cuanto a los efectos económicos del Brexit.

A largo plazo, los aspectos económicos del Brexit siguen siendo los mismos que allá por 2016. La salida de Gran Bretaña de la unión aduanera aumentaría sustancialmente los costos de la mitad de los intercambios comerciales de los británicos. En términos del PBI, una pérdida de entre 2% y 4% de ingresos reales.

No serán los resultados económicos que imaginaban quienes apoyaron el Brexit, pero es importante señalar que a dos años del referéndum esos efectos no parecen ser catastróficos. ¿Estamos seguros de que no será una catástrofe? Bastante seguros, ya que otros países se las han arreglado para avanzar sin uniones aduaneras.

Pongámoslo así: para la UE, la Gran Bretaña del pos-Brexit será parecida a lo que era Canadá para Estados Unidos antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de Canadá y Estados Unidos, firmado años antes del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. De hecho, hasta la participación del comercio bilateral en el PBI sería similar.

También habría que señalar que el Brexit tendrá algunos ganadores, incluso dentro del Reino Unido. La UE ayudó a que Londres se convierta en un centro financiero mundial, pero ese rol también ha mantenido alto el precio de la libra, en perjuicio del norte industrial del país. El Brexit empujaría a la baja el valor de la libra, lo que implicaría un crecimiento del sector manufacturero y un florecimiento de las regiones industriales, aunque ese beneficio se diluiría por el aumento de los precios al consumidor. Pero hay gran cantidad de británicos para quienes probablemente vale la pena.

Sin embargo, aunque a largo plazo los efectos del Brexit sean probablemente moderados (y por más que un 3% de pérdida del PBI parece una enormidad frente al efecto que tienen la mayoría de las medidas económicas en el mundo desarrollado), el corto plazo podría ser mucho peor: para Gran Bretaña y la UE.

Y si el precio a corto plazo es tan alto es porque tras casi 45 años de unión aduanera ni Gran Bretaña ni sus socios comerciales cuentan con la infraestructura necesaria para manejar una frontera, por más que sea una frontera amiga. Cuando no hay unión aduanera y la mercadería debe pasar por algún tipo de control fronterizo, hay que tener inspectores, sistemas informáticos eficientes y muchas cosas más. Sin todo eso, las demoras serán interminables.

Como esa infraestructura no existe, lo peor del Brexit podría verse en el arranque, sin la menor garantía de que la mercadería de alta prioridad llegue a destino. Esas disrupciones fronterizas son las que explican las ingentes pérdidas que refleja el Banco de Inglaterra en su evaluación del peor escenario a futuro.

Hace tiempo que sabemos que el escenario puede ser ese, y me gustaría saber qué pasos está dando el gobierno británico para contener los daños. Son conscientes del problema, así que es de esperar que hayan tomado las precauciones necesarias, ¿o no? O sea, nadie podría imaginar que Estados Unidos enfrente un desastre predecible como ese sin estar preparado. A ver, esperen...

Lo nuevo, creo yo, es que los riesgos a corto plazo para el resto de Europa parecen mucho mayores que hace apenas unos meses atrás. Por supuesto que el intercambio entre la UE y el Reino Unido es relativamente menos importante para la economía de la UE que para la británica. Pero parece que de producirse, un Brexit caótico coincidiría con la mayor desaceleración desde la crisis del euro de 2011-2012.

Aquella crisis terminó con una drástica intervención monetaria del Banco Central Europeo (BCE). Difícil que ahora responda de manera similar. De hecho, el BCE ya tiene tasas de interés negativas, sin margen para el recorte. Y lo que menos necesita Europa es un Brexit caótico que termine de arruinar las cosas.

Tal vez deba agregar que si bien tengo la esperanza y espero que el Servicio Civil Británico tenga planes de contingencia para un Brexit repentino y sin acuerdo, estoy mucho menos seguro de que la UE haya tomado las mismas precauciones. El punto es que por más que con planificación se logren evitar los gigantescos atascos en Dover, será de poca ayuda si se producen en Calais.

Lo peor de todo es que un Brexit por las malas es fácilmente evitable. Si la infraestructura fronteriza no está, basta con posponer el Brexit por un tiempo, y si eso es imposible por alguna razón política, imponer controles mínimos, o sea, seguir con una unión aduanera en la práctica, hasta resolver esos temas.

Y no hay razones para creer que las cosas finalmente no vayan a funcionar. No hay razones, excepto tal vez por lo que viene ocurriendo hasta ahora entre Gran Bretaña y la UE.

Traducción de Jaime Arrambide

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