Unas bravuconadas que ofenden tanto a aliados como a enemigos

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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4 de febrero de 2017  

NUEVA YORK.- Desde hace unos dos meses hay mucha gente pensante preocupada por la posibilidad de que la administración Trump nos lleve a una crisis de política exterior o incluso a una guerra.

Esa preocupación responde en parte a la adicción de Donald Trump por la grandilocuencia y las bravuconadas, que funcionan de diez en la pantalla de Breitbart o de Fox News, pero no tanto frente a los gobiernos extranjeros. Pero también responde a una mirada fría sobre las motivaciones que tendría la nueva administración: ahora que los votantes de clase trabajadora empezaron a darse cuenta de que las promesas del candidato Trump sobre la creación de empleo y el servicio de salud no eran sinceras, la política exterior puede convertirse en una distracción de lo más eficaz.

El punto crítico más evidente parecía ser China, blanco de gran parte de las diatribas de Trump, donde la disputa territorial por las islas del mar de la China Meridional podría convertirse fácilmente en un polvorín.

Pero parece que la guerra con China tendrá que esperar. Primero viene Australia. Y México. E Irán. Y la Unión Europea (nunca Rusia).

Y si bien detrás de la agitación del fantasma de una crisis exterior podría haber un frío elemento de cálculo de parte del gobierno de Trump, la cosa parece cada vez menos una estrategia política y cada vez más un rasgo psicopatológico.

Probablemente el choque con Australia ocupó casi toda la atención de los medios por lo gratuito. Después de todo, no debe haber amigo más leal de Estados Unidos en todo el mundo que Australia. Podemos tener discrepancias, pero nada debería perturbar la solidez de nuestra alianza, especialmente porque Australia es uno de los países a los que deberemos acudir si se produce un conflicto con China.

Pero estamos en la era Trump: durante una charla telefónica con Malcolm Turnbull, premier australiano, el presidente se jactó de su victoria electoral y se quejó del acuerdo vigente por el que Estados Unidos se comprometió a recibir a refugiados que están en Australia, acusando a Turnbull de estar mandando a Estados Unidas "a los responsables del próximo atentado". Y tras 25 minutos de conversación, Trump dio abruptamente por finalizada la charla.

Por lo menos no amenazó con invadir Australia. Pero en su conversación con el mexicano Enrique Peña Nieto se ocupó de hacerlo, diciéndole al presidente de un país vecino: "Usted ahí tiene a un montón de malos «hombres» (dijo la palabra en español), y no está haciendo lo que tiene que hacer para pararlos. Parece que sus militares les tienen miedo. Nuestros militares no les tienen miedo, así que capaz le envío a los nuestros para que se ocupen del tema".

Los exabruptos con México y Australia opacaron el cruce más convencional con Irán, que el domingo hizo una prueba misilística. La Casa Blanca dijo estar "poniendo sobre aviso" a Irán, ¿pero sobre aviso de qué? ¿Estamos listos para ir a la guerra?

También hubo un curioso contraste entre la respuesta a Irán y la respuesta a otra provocación mucho más grave: la escalada de Rusia con su guerra subsidiaria en Ucrania. Extrañamente, sin embargo, la Casa Blanca no ha dicho una palabra sobre las acciones de Rusia. Ya es demasiado obvio, ¿no?

Y algo más: Peter Navarro, director del flamante Consejo Nacional de Comercio, establecido por Trump, acusó a Alemania de explotar a Estados Unidos con la subvaluación del euro. Es una discusión económica interesante y que debe darse, pero se supone que los funcionarios de gobierno no lanzan ese tipo de acusaciones si no están preparados para embarcarse en una guerra comercial, ¿o sí?

Lo dudo. De hecho, este gobierno no parece preparado en ningún frente. Las belicosas conversaciones telefónicas no suenan a estrategia económico o política.

No. Acá lo que se escucha es a un hombre improvisado y sin control, que ni siquiera logra fingir que domina su sentimiento de inseguridad personal. Sus dos primeras semanas en el cargo han sido un absoluto caos, y la cosa no para de empeorar, tal vez porque ante cada debacle él responde con un desesperado intento de cambiar de tema que indefectiblemente conduce a una nueva debacle.

Ni Estados Unidos ni el resto del mundo pueden aguantar mucho más de esto. Piénsenlo un instante: si tuvieran un empleado que se comportara así, lo retirarían de inmediato de cualquier puesto de responsabilidad y le sugerirían encarecidamente que busque ayuda profesional. Y estamos hablando del comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del planeta. Pasen a agradecérselo a James Comey (N. de la R.: director del FBI que reabrió una investigación a Hillary Clinton diez días antes de las elecciones).

Traducción de Jaime Arrambide

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