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Sin lugar donde vivir ni trabajar, en pandemia, transformó un bus escolar en una cabaña con vista al mar

Jimena Barrionuevo
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22 de diciembre de 2020  • 00:36

Su casa en pleno barrio de Palermo estaba llena de amigos y seres queridos que estaban allí para festejar su cumpleaños número 33. Muchos bailaban alrededor del fogón que habían armado en el jardín, otros disfrutaban de unos tragos mientras la música sonaba de fondo. Era, quizás, la imagen perfecta con la que había soñado durante muchos años. Pero, por un momento, sintió que debía despegarse de ese mágico instante.

  • - ¿Y si devolvemos todo y nos vamos a cualquier lado en busca de surf y naturaleza?, le dijo a su novio.
  • - Es la mejor idea que tuviste en todo este año.

Criada en el famoso pasaje Malasia, en el barrio de Belgrano, en la Ciudad de Buenos Aires, Ailin Bisi reconoce que su infancia fue soñada. "Sé que en esa infancia mis papás me dieron las bases para animarme a la vida que tengo hoy. Yo quería entender, explorar y ellos estaban allí para habilitar los mundos que yo veía posibles. Tengo recuerdos de nuestra casa de madera en el árbol, de la tirolesa que nos llevaba hasta el otro lado del jardín, de la la pileta en la que no faltaban los puentes de troncos unidos con sogas para jugar a los piratas...Y las tardes que pasábamos con mi mamá y mi hermana diseñando disfraces".

Su papá, practicante de yoga, fue quien le enseñó a meditar y a encontrar la medida justa en su disciplina. "De mis hermanos, era la única que se despertaba al amanecer como él y ese era el momento que aprovechábamos para que me invitara a acompañarlo en sus actividades, como el sungazing -mirar al sol al alba para alimentarte de su energía-. Los aprendizajes de esos tiempos son las mismas bases espirituales que tengo hoy". El resto de su familia estaba al alcance de la mano. Todos vivían en un radio de tres cuadras y la casa de Ailin era siempre el centro de las reuniones y festejos. "Si tengo que resumir, mi infancia fue pura estimulación creativa, espiritual, llena de juegos".

Lejos de las estructuras

Nunca se sintió cómoda en los ámbitos estructurados. Quizás fue por eso que, luego de unos años de estudiar psicología, se volcó al diseño en sus diferentes ramas y allí ahondó en todo aquello que le interesaba: moldería, textil y dirección creativa. "Romper con lo que espera la sociedad de uno y tener un título fue algo que tuve siempre muy presente. No encasillarme en una sola carrera me dio toda esta flexibilidad que hoy tengo para abrirme a aventuras con forma de trabajos".

Con 23 años logró poner en marcha una marca propia de prendas femeninas. Inspirada en los disfraces que antaño confeccionaba con su mamá, sus diseños resultaron tan originales que la firma Opening Ceremony le compró algunos modelos para vender en sus tiendas de Nueva York, Los Ángeles, París y Taiwán. El resultado fue sorprendente: en tan solo una semana, toda su producción se había vendido. "Así que me mudé a Nueva York para abastecerlos de mis creaciones. Fue un shock de estímulos".

Y pudo codearse con los diseñadores más renombrados, asistir a desfiles, ver el detrás de escena de la industria de la moda. La sed por el consumo también apareció en esa época. "Cómo buen péndulo, toda esta estimulación creativa también me trajo un momento de hiper consumismo desmedido y para balancearlo necesitaba irme todo el tiempo a las afueras de Nueva York a acampar o a la playa para reconectar. Y resultó que al final me iba más en busca de naturaleza que a fashion shows. Fue entonces cuando comprendí que mi ciclo en esa ciudad había culminado y me sentí lista para pasar a mi próximo ítem en la lista".

Delirio creativo en NY

De regreso en Buenos Aires, Ailin Bisi no dejó de explorar el mundo y de explotar su costado creativo. Mientras continuaba creciendo con su marca, fue convocada por la destilería y firma de whiskey estadounidense Jack Daniels como directora de arte. "Creían en mi delirio creativo y me dejaban hacer y ser. El desafío estaba en que, una vez por mes, había que organizar una fiesta en un club de jazz. Mi trabajo consistía en proponer una idea conceptual y vestir y montar ese espacio como para que simulara ser otro. De la mano de mi delirio, llegamos a colgar la trompa de una Chevy en el techo y llevar una mesa de carpintero con piezas de auto para recrear un taller mecánico. Al mes siguiente, empapelé las paredes con una red de pescadores de 30 metros y clavé un barco de madera en la esquina del salón Bebop. Quien lo conoce, se puede imaginar el contraste que se generaba. Para la fiesta final convertimos a la rural en un granero americano, hicimos un rodeo y toqué con mi banda de folk. ¡Fue inolvidable!".

Sin darse cuenta -o quizás sin saberlo todavía- todos los trabajos que aceptó en ese tiempo tenían un claro objetivo: poder viajar y crear en simultáneo. Y, en ese contexto, probablemente para romper con el esquema en el que se venía moviendo, en 2017 apareció la oportunidad de alquilar una casa soñada en Palermo. Allí instalaría un showroom con su marca en la planta baja y destinaría el piso de arriba para el taller, de modo que podría organizar mejor el proceso creativo, productivo y ejecutivo.

¿Momento de echar raíces ?

Todo indicaba que Ailin finalmente estaba echando raíces. Abría el local todos los días y los fines de semana la casa estallaba con clientas. Y eso hizo que comenzara a apagarse su espontaneidad. Sin poder viajar ni surfear, tuvo que conformarse con unas simples escapadas. "Odio el término escapadas. ¿Escapar de qué? ¿De tu vida, de tu rutina? ¿De tu laburo? ¿En qué momento nos enseñaron que lo lógico es esforzarse toda la semana para después premiarnos con una escapadita de dos días?".

Fue un año de trabajo intenso que cada mes sumó más responsabilidades, más empleados, más clientes y más compromisos. La rueda giraba pero no se detenía. "¿Queríamos todo eso? Y fue en medio de esa vorágine que, el día de mi cumpleaños, en una casa divina y llena de amigos, en pleno brindis, lo miré a mi novio y le dije ¿y si dejamos todo y nos vamos a buscar las olas?".

Querían vivir en la naturaleza, no había ya ninguna duda, pero Ailin también quería seguir lo que la definía por naturaleza: un ser creativo, que habla a través de sus creaciones. Así fue que, llenos de preguntas, arrancaron por lo primero: devolvieron la casa, llenaron el garaje de sus padres con cajas y pertenencias, conservaron lo básico y emprendieron viaje hacia la costa.

Estafa y foja cero

Entonces, contra viento y marea, sin prestar atención al "deber ser" y sin un peso en sus bolsillos, comenzaron a conectar con lo que verdaderamente querían para sus vidas. "Pero, sobre todo, a creer en nosotros, sin miedos a quedarnos sin, sin miedo a fracasar. Teníamos todo lo que necesitábamos: ¡nuestra creatividad y nuestras manos!".

Sin mirar atrás se fueron. Y en ese viaje Ailin logró soltar todo el peso de tener qué responder a la sociedad sobre el plan para su vida. Soltó estructuras. Soltó doctrinas. Dejó de comer animales y arrancó el verdadero viaje para ella. "El de viajar hacia adentro. Me involucré con la cocina vegana, me metí en el rubro gastronómico desde la creatividad armando platos coloridos y conscientes. Y nos contrataron de diferentes proyectos. Creo que ahí fue donde realmente mi cuerpo, mi mente y mi alma estuvieron alineados y ya no iba a soportar volver a una ciudad ni a una rutina fija".

Pero no sabían dónde detenerse. Todos los lugares eran atractivos. Y mientras buscaban dónde comprar un terreno frente al mar pasó lo inesperado. Una llamada de Buenos Aires les informaba que los habían estafado y habían perdido todos sus ahorros. "Ahí estábamos: procesando una estafa, fundidos, pero más vivos que nunca, más libres que nunca y sobre todo más fuertes. Con esa confianza que irradiábamos, nos invitaron a asociarnos en un restaurante en Chapadmalal que tenía que ser re diseñado porque estaba muy deteriorado. A mi juego me llamaron. Y Santi, mi novio, es cocinero. Así que el plan cerraba por todos lados".

Pero, ¿a dónde iban a dormir? Ahí llego la idea del bus escolar. Y, con lo que tenían, compraron un micro de 20 metros cuadrados. Había que acondicionarlo para poder vivir allí dos meses mientras trabajaban. Era poco tiempo. Hasta que llegó la cuarentena. Tenían dos opciones: podían volver a la casa de sus padres o armar su casa con ruedas.

Mi rincón de bienestar

Por necesidad o placer, nunca lo sabrán, pero durante la cuarentena pudieron convertir ese bus en una cabaña de madera con ruedas. Lo llamaron Ajna, como el tercer ojo y pronto ese pequeño espacio comenzó a tomar forma. "Nunca en mi vida me imaginé que podía hacer un placard o un baño seco. Vimos muchos tutoriales por Facebook y YouTube y recibimos ayuda de muchas personas generosas que compartieron con nosotros sus conocimientos. También armé un sector especialmente dedicado a seguir creando, con telas, herramientas y mi máquina de coser. ¡Tenía mi taller sobre ruedas! Para los meses de frío le sumamos una salamandra enorme con un horno, cama, ducha caliente y espacio suficiente para guardar todas las tablas de surf".

El panorama laboral era confuso. Pero se las ingeniaron. Su trabajo como creativa para diferentes marcas continuó a distancia. Y para mayo, Ailin recibió una llamada de Corona Estados Unidos: les había gustado el bus, lo que estaba haciendo y le pidieron que dirigiera un short story:.A Simpler Life . Fue en el contexto de la campaña que lanzó la firma de cerveza post confinamiento y a la que llamaron Free Range Humans, una iniciativa que en Argentina contempla un fondo de 2.000.000 de pesos, para ayudar a financiar aquellos proyectos que la marca seleccione (los interesados pueden inscribirse en este link). "Y así pienso seguir viviendo. Sin tomarme nada demasiado en serio, sin olvidarme de jugar como cuando era chica, conectando con mi esencia, mirando con el tercer ojo y desoyendo las presiones sociales".

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