Y sobre los baños públicos, ¿nadie va a decir nada?

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16 de abril de 2020  

De eso no se habla: los baños públicos del país, justo cuando la prensa internacional nos despabila con la noticia de que nuestros males más inmediatos no dependen hoy tanto de los genes que heredamos como de la pulcritud del comportamiento que estemos dispuestos a seguir.

¿Cómo no se va a hablar si la mugre hedionda acumulada en los baños públicos es en principio un foco séptico, además de evidencia desmoralizante de lo que somos como conjunto social? Por la mugre de esos baños se manifiesta el grado de educación y subculturización popular, de violación flagrante de ordenanzas y leyes en vigor y de que la corrupción de los gobiernos se enseñorea, por desidia o inacción premeditada, hasta en el cuadro abominable de recintos no siempre de intimidad y silencio según suele retratarlos la literatura universal.

Los gobernantes deberían haber actuado de otro modo a fin de conjurar tal desaseo. Se puede, como se demostró en el aeropuerto internacional de Ezeiza desde su privación. El fenómeno más pasmoso en este tipo de asuntos, al que no pudo poner en quicio ni la Corte Suprema de Justicia a pesar de habérselo propuesto, es el Riachuelo. Su cauce se nutre de un caldo pestilente de detritos trabajados por sustancias peligrosas; es el eje de uno de los ecosistemas deplorables del planeta.

¿Por qué el Presidente, el jefe del gobierno de la ciudad y los gobernadores e intendentes no aprovechan el encierro compulsivo de las gentes y ordenan la desinfección perentoria de las letrinas del país y su aseo y provisión de dispensadores de jabón, papel y, colmo entre los colmos, del agua, que a veces escasea o es nula? Debidamente ventilados, oigan. Entre los millones de argentinos que cobran todos los meses un cheque del Estado sin otorgar nada a cambio hay algunos brazos firmes a los que se podría apelar para la honrosa tarea de baldear al país donde está sucio.

Ordenen el gobernador Kicillof o el señor Rodríguez Larreta una inspección inmediata en cualquiera de los ámbitos con baños públicos de las respectivas jurisdicciones. Pueden comenzar por las estaciones de servicio, que han mejorado, es cierto, o por bares, restaurantes y confiterías. Hagan revisar el inframundo de los garajes. Si comisionan para el relevamiento a personal de probada confiabilidad, ratificarán lo que ya deberían saber: que la población está entregada con exasperante frecuencia a las manos de Dios. Si no actúan en la dirección correcta, cuando la actividad laboral se flexibilice podrían ponerse a tono con la movida del año y anunciar: "A partir de hoy está prohibido entrar en un baño público sin el debido barbijo".

Disponen las autoridades de todo tipo de normas sobre las cuales ejecutar una política postergada desde tiempo inmemorial de higienización pública. Ríndanse ante el reto de esta gran emergencia, tanto nacional como mundial, que prenuncia en campos múltiples, según se ha proclamado, la aceleración de los procesos históricos. Potencien lo que hasta aquí es un endeble esfuerzo en favor de una Argentina más limpia y vivible. Sería un cambio histórico entrar en baños públicos de las características que da por sentadas la información difundida por la Secretaría de Justicia y Derechos Humanos: ".dotados de agua fría y caliente, con toallas de papel o secamanos accionados por aire y que cuenten con jabón líquido para lavarse las manos". Por experiencia o sabiduría natural, el legislador dispuso que en los locales de comida no se puede ordenar que ande con la sopapa el personal aplicado a tareas alimentarias.

Cuidado con ir demasiado lejos en las generalizaciones. Charles P. Gerba, profesor de Microbiología de la Universidad de Arizona, hizo una investigación por la que demostró que la tabla del inodoro es uno de los lugares más limpios de los hogares y que los teléfonos celulares son diez veces más sucios. Esto fundamentaría en ciencia aplicada el ingenio pionero de un veterinario bonaerense, y amigo mío del alma, que cuando por su trabajo itinerante ingresa en un hotel lo que primero y más desinfecta con su botella de Lysoform a cuestas es el control remoto del televisor. Lo explica con gracia tan atrevida como desternillante.

Desde la segunda parte del siglo XIX fueron numerosos los mingitorios habilitados por la ciudad y los baños que soterró más adelante en paseos públicos. Eran famosos, por razones que no vienen al caso -y si vienen, prefiero dejarlas a un lado-, los baños de Retiro y Constitución. Hoy, están pendientes de construcción baños públicos por debajo de las autopistas, tal como lo resolvió la Legislatura de la Ciudad. Ciertas privaciones del pasado se solventan ahora con baños químicos, que asisten desde las urgencias de los obreros de la construcción hasta las de quienes concurren a exposiciones a campo abierto, competencias deportivas o recitales de música. ¿Pero cuántas veces se toma nota de la ruina que son tantos de esos baños al final de las jornadas?

Las obras materiales, aun las más complejas y costosas, de nada servirían si no cambia en usos y costumbres la cultura popular; si no se establece el hábito de preservar la limpieza y el orden de la convivencia civilizada en los espacios públicos. Está demasiado gastada la imagen de la lata de cerveza o de los pañales del "nene" que salen despedidos al pavimento o la banquina desde un auto de alto costo, como para reiterarla aquí con pormenorizada advertencia de que ninguna clase social se salva de la crítica. No es ni mucho menos esta, tampoco, una cuestión de género. Según confiesan quienes se sacrifican en las retaceadas limpiezas de los habitáculos para "ellos" y para "ellas", el fallo de empate es casi por unanimidad.

Por resolución 46798/93 del Concejo Deliberante, ratificada más tarde por la Legislatura, los baños públicos están liberados al uso de quienes lo requieran, aunque no hayan consumido nada. Oh, sí, justifica en sus páginas digitales el Ministerio de Justicia y Derechos Públicos, puede haber en la urgencia del reclamo "una contingencia compleja, una cuestión de tiempo, distancia...". La resolución se cumple en parte; en parte no. En algunos establecimientos los baños se reservan para los clientes de "la casa"; en otros, pocos, ha comenzado a cobrarse una gabela, tan común en Europa: son los que más relucen.

Es ese un punto de fricción social por las implicancias que derivan de estos tiempos de indigencia degradante. La Iglesia desarrolló, con la experiencia labrada en siglos y siglos con los peregrinos que accedían desde distancias enormes a catedrales como la de Santiago de Compostela, la técnica del botafumeiro. Despejaba este con vigorosa y no menos rítmica dispersión de incienso hasta donde podía la penetrante fetidez de los cuerpos al cabo de largo, larguísimo andar. Hoy, el Vaticano abre varias veces a la semana servicios sanitarios a fin de que otros peregrinos, los peregrinos sin techo de la contemporaneidad, puedan ducharse.

En esa línea sería una idea libre de controversias acelerar, sobre todo en ciudades como Buenos Aires, con miles de personas sin hogar, la habilitación ya prevista de nuevos baños públicos en diferentes zonas de la ciudad. El Camp Nou de Barcelona es el Alvear Palace Hotel comparado con la mayoría de nuestros estadios de fútbol, por cuyas escaleras corrieron torrentes de orín de sucesivas generaciones de argentinos, pero que en ese punto se han adecentado algo en relación con el pasado.

La mayor degradación social se concentra ahora en las tribunas, bajo las banderas de las barras bravas, que sirven de carpa para el tráfico furtivo de porros y otras mercaderías narcóticas. Hay hinchadas que cuando los resultados son adversos se dirigen a los baños, pero para romper puertas e inodoros como los que dos pobres diablos finalmente atrapados robaron en enero último de estaciones del Ferrocarril Sarmiento.

En los años sesenta del siglo pasado, una encuesta internacional reveló que la Argentina acompañaba a los Estados Unidos como uno de los dos países de mayor consumo de desodorantes per cápita del mundo. No me extrañó la revelación: como becario en 1963-64 en un college de St. Paul, Minnesota, en la casona que compartíamos quince estudiantes extranjeros de diferentes países salvo mis pares de Alemania y Chile, y de quien esto escribe, la mayoría demostró ser refractaria a las bondades del riguroso baño diario tan apreciado por las clases medias de la Argentina.

El desaseo es una cuestión eminentemente cultural. Aun después de la Segunda Guerra llevó más de veinte años a Europa conciliarse con la higiene bien entendida. Una mañana de marzo de 1966 llegué a Roma después de un viaje de dieciocho horas desde Hong Kong, con escalas en Bangkok, Karachi y Beirut. Era el vuelo número 1 de Panamerican, entonces el más largo de la aviación comercial, ya que luego seguía a Londres para concluir en Nueva York. Rolando Rivière, nuestro gran corresponsal de entonces, me había reservado alojamiento en un hotel de 3 estrellas, cerca de Piazza Spagna. No imagino volver a encontrarme en la situación en que me hallé cuando, ya en la habitación, y ansioso por tomar la ducha que reparara el cansancio, debí comunicarme con la conserjería. Tampoco imagino que en un hotel razonable de Europa pudiera hoy volver a involucrarme en el diálogo que siguió:

-Conserje, no hay ningún jabón en el baño.

-Ya subo.

A los cinco minutos, un hombre atildado golpeó a la puerta y, extendiéndolo, como si exhibiera la joya de un orfebre en el plato sobre el que asomaba el jabón no más grande que un chocolatín Lindt, musitó: "Cinquanta lire".

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