Cristina, una reforma con la policía, no

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22 de agosto de 2020  • 00:05

A ver: si estás por entrar a tu casa y se te acercan tres tipos que llevan la cara cubierta, están armados y te encañonan, hay altas probabilidades de que se trate de un robo. Si sos mujer y un desconocido te para por la calle, dice que sos la más linda del mundo y te jura amor eterno, da para pensar que esconde aviesas intenciones. Y si fabricás camioncitos de plástico y un día aparecen en la planta cinco matones de campera negra, bloquean las salidas y dicen que los manda Pablo, o Hugo, o los dos, podés sospechar que te están apretando para que tus operarios cambien de gremio. ¿Adónde voy? Voy a que por sus obras los conoceréis. Si estás queriendo sacar una reforma de la Justicia sin el más mínimo consenso, a los golpes, pasando todos los semáforos en rojo, eso no es una reforma de la Justicia: tus intenciones son más aviesas e inconfesables que las de los enmascarados, que las del avanzador callejero y que las de los patovas del clan Moyano. El proyecto de Cristina tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra. Guau, me parece que nos está metiendo el perro.

La sorpresa no viene por el lado del perro, por supuesto. Lo que no deja de llamarme la atención son las formas. Cero pretensión de urbanidad. Primero fue poner a Beraldi al frente de la comisión de expertos; es un tipo de humor algo forzado: como si Macri pusiera a Gustavo Arribas a investigar el espionaje durante su gobierno. Después, que Cristina haya usado para encender las hornallas el fallo judicial que le ordenaba frenar el desplazamiento de 10 jueces. Paralelamente, el operativo piquete de ojo y tacle a la altura del pecho destinado a que Eduardo Casal renuncie a la Procuración General y le deje su lugar a Daniel Rafecas. Ahí surgió un pequeño problema: Rafecas hizo saber que respeta mucho a Casal, que no comparte la metodología barrabrava de tirarlo por la ventana y que no quiere entrar a la Procuración con tan malas artes; además, criticó la reforma judicial. Está por aparecer un aviso clasificado: "Jefe de los fiscales con menos pruritos se busca".

Robaron una casa de los Kirchner en Río Gallegos; por suerte, tienen otras 25

La apoteosis llegó el miércoles. El tratamiento del proyecto en las comisiones fue un homenaje a la trampa y a la burla: discutieron un borrador que ni siquiera se conocía porque lo estaban modificando en un sótano, a la luz del celular de Parrilli. Cuando reapareció, cerca de la medianoche, le habían agregado una cláusula según la cual un llamado de un periodista de LA NACION o de Clarín a un juzgado puede ser considerado delito grave, y uno de Gustavo Sylvestre o de Víctor Hugo Morales, periodismo de investigación. El senador Esteban Bullrich estaba tan sorprendido que se quedó como congelado en la pantalla.

Cristina, my friend, es el Senado; quiero decir: una institución que, más allá de sus pesares, conserva ciertos buenos modales. La cultura del atropello y el fraude no le hace honor a su ADN. Al ADN del Senado, digo. Otra cosa: estamos hablando de una ley de reforma judicial; no le puede dar el trámite de un decreto de necesidad y urgencia, aun teniendo en cuenta lo necesitada y urgida que está de que a la absolución de la historia se le sume la de los jueces. Cris, piense en lo bueno de ser recordada como abogada exitosa, arquitecta egipcia, experta en soja, sublime oradora, empresaria hotelera, imputada respetuosa, madre de los argentinos, y no como una jefa del Senado atormentada. La leyenda no se mancha.

Prefiero ni pensar en las Troyas que arderán si la ley de amnistía -perdón, si la ley que nos daría una Justicia justísima- no llega a ser aprobada en Diputados. Y las probabilidades de que eso pase son altas. Obviamente, no hay que desestimar la capacidad de persuasión de la vicepresidenta. Pero hoy la cosa pinta fea. De hecho, no se los está viendo remar muy a destajo ni a Máximo ni a Massa. Ayer hablé con dos diputados peronistas. Uno me dijo que el horno no estaba para bollos después del banderazo del lunes y del clima social y económico por la "cuareterna" (usó esa palabra, lo prometo). Cuando lo llamé estaba leyendo el fuerte comunicado de IDEA contra la reforma: "Cuidemos la Justicia para asegurar la República". El otro diputado fue más explícito: "Por ahora estamos lejos de llegar al quorum, y no veo vocación de forzarlo con la policía". Cristina, por nada del mundo voy a darle los nombres de esos diputados. No me presione. ¡No me pegue, soy Giordano!

Para completar la mala semana de los Kirchner, entraron ladrones a una de sus casas en Río Gallegos y la desvalijaron. Por suerte, ahí tienen otras 25.

Tampoco fue una buena semana para la economía: todas las cifras que se conocieron hablan de una calamidad. El Gobierno no prometió un plan -muy bien: no hay que prometer lo que no se tiene-, pero sí 60 medidas; las muy esperadas 60 medidas. Creo que la renuncia de la viceministra de Educación es la primera, porque estaba a las patadas con el ministro Trotta y las peleas siempre terminan costando caras. La segunda es otra renuncia: se fue el secretario de Energía, justo cuando estábamos por aprender el nombre. Vamos, fuerza, solo quedan por anunciar 58.

¡Epa! Se me pasó toda la nota y no hablé de Alberto. Se ve que no tengo nada para decir.

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