La embriagadora música del profesor

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6 de junio de 2020  • 22:51

De chico fui disc-jockey (DJ, diríamos hoy). Un tiempo breve, pero suficiente para haber aprendido una lección: no debía poner los temas que mi oído me pedía, sino los que la gente quería en ese momento bailar. En términos económicos, correr para el lado del mercado. Adecuar la oferta a la demanda. Pues bien, nuestro Presidente es un DJ excepcional. No la pifia nunca. Pone la música que el auditorio quiere escuchar. Cristina llevaba su mismo discurso -pensamiento único, discurso único- a la ONU, Wall Street y La Matanza. Alberto es más ecléctico. O elástico. Con Gildo Insfrán es estatista. Se junta con empresarios y es capitalista. Dime quién me va a escuchar y te diré lo que voy a decir. Así va por la vida y por la presidencia. Está bueno, porque es como que te sorprende todo el tiempo. Incluso se sorprende él. Mi miedo es que un día, como al escribidor de la tía Julia, se le mezclen los papeles. Que tire en el Instituto Patria lo que pensaba decir en el Coloquio de IDEA.

Por eso yo destacaba el sábado pasado la importancia de que esté descansado, con la cabeza despejada (despejada de ideas, dice un amigo mío que es malísimo). Se ve que le llegó mi inquietud, porque el miércoles me contestó. En una entrevista dijo: "Gracias a Dios, descanso bien. Trabajo mucho durante el día, pero duermo bien". Buenísimo. En alguien que maneja tanta amplitud de mensajes, que juega con tantas cartas, la velocidad de reflejos y de asimilación a los distintos públicos es clave. Esta semana se lo vio más prolijo. El lunes, al inaugurar el Hospital Solidario Covid Austral, una iniciativa del Opus Dei, contó que hablaba todo el tiempo con el Papa (pobre Papa). Y anteayer recibió en Olivos a un grupo de empresarios -no pichis, no cuatros de copas: tipos muy grosos- con una frase llamativa: "El peronismo es capitalista". La pura verdad es que, a pesar de tenerlo chequeado por tres de los que participaron de ese encuentro, hoy no pensaba decirlo acá por temor a que llegara a oídos de Cristina. ¿El presidente de un gobierno kirchnerista reivindicando el capitalismo? Podían arder Troya, Olivos y la Casa Rosada. Pero ayer lo publicó Claudio Jacquelin y, que nos hayamos enterado, no hubo ningún incendio. La conclusión es que Cristina no se toma en serio lo que dice Alberto. Lo tiene como un buen DJ.

En general, los empresarios se fueron contentos. El profesor los abrigó con palabras de mucha calidez y empatía, tipo: "Para salir de esta crisis cuento con ustedes, con sus empresas y sus inversiones. Los necesito. Tenemos que hacerlo juntos". Estuvo enfocado. Había estudiado la letra. No les dijo "el modelo es Formosa" o "lo que necesita este país son muchos Hugo Moyano". Tranquilamente se pudo haber confundido, porque Hugo también es un poderoso empresario. Además, les contó una infidencia: el propio Máximo Kirchner lo había llamado para decirle que no estaba de acuerdo con el proyecto de apropiación de acciones de empresas propuesto por la diputada Fernanda Vallejos. La impetuosa jovencita se había cortado sola. Lo que no les contó el profesores fue que solo después de esa llamada se animó a calificar esa iniciativa de "locura". Repasando: el peronismo es capitalista y Máximo defiende la empresa privada. Era cierto: la pandemia ha venido a cambiar el mundo.

De la reunión quedaron otras perlitas. Una fue que Alberto explicó que "el capitalismo tiene un problema con la distribución". Che, pensó un ejecutivo, ¿se estará refiriendo a los cuadernos de Centeno? Se ahorró la broma. Otra. Muchos de los invitados veían al ministro Martín Guzmán por primera vez. Estaban ansiosos y expectantes. ¿Sería el académico innovador que deslumbra al progresismo o, Dios no lo quiera, el ya célebre "pasante" del que habló, en cierta tertulia, un reconocido consultor de la City? El misterio no pudo ser develado. Guzmán no abrió la boca. Literalmente, no dijo una sola palabra. En el gobierno de los médicos, el ministro de Economía guarda un respetuoso silencio.

Al Presidente se lo vio fresco y mesurado anteanoche al anunciarla prolongación de la cuarentena.Como que acertó con el tono y las formas. No le declaró la guerra a ningún país vecino ni hizo un acting de rabieta con las preguntas de los periodistas. Un Alberto despojado de albertics, lo cual era muy necesario: cuando todos le pedimos que afloje, te clava tres semanas más. Al clamor de una "cuarentena inteligente" respondió con una cuarentena intransigente. ¿Axel? No sé si cabe agregar algo de Axel, explicador inagotable de cosas obvias. Rindamos un tributo a Alberto y a Rodríguez Larreta, que se lo tienen que fumar. Y acompañemos en su sentimiento a todos los bonaerenses.

Reconozco que el hiperactivismo del Presidente, el argentino menos respetuoso de barbijos y distanciamientos, y sus revelaciones sobre la esencia capitalista del PJ me distrajeron más de la cuenta. Hoy me proponía hablar de la sucesión de crímenes aberrantes de policías en provincias gobernadas por el peronismo, de la calladita reglamentación del ciberespionaje y de que el Consejo de la Magistratura sigue sin decidir si va a investigar por qué a Canicoba lo llaman Canicoima.

Es decir, Alberto me ganó. Escuché su música y no la que yo quería escuchar.

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