Los peores son siempre los demás

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2 de enero de 2021  • 00:00

Doña Leonor era la "sabia" del barrio. Sabía de la vida, de cómo curar enfermedades con remedios caseros, de economía hogareña y de cómo anteponer siempre la razón para resolver los conflictos más bravos. Era, ante todo, un ser de paz. Las familias del barrio tenían veneración por ella y por su enorme paciencia. De solo escucharla, las tensiones aflojaban y hasta la negrura más oscura empezaba a teñirse de colores claros. Era un Rivotril andante, la personificación del mindfulness en batón y ruleros. Un ejemplo a seguir. Hasta que el vecino de la casa de al lado le puso una reja sobre la medianera que compartían. Chau paciencia. Adiós arcoíris. Fue el día en que a doña Leonor se le soltó la cadena. A la vista de todos, subida a una pila de cajones y tratando en vano de arrancar la pesada estructura de hierro, hundió al vecino bajo una lluvia de insultos tan espesa e hilvanada que iba desde la madre que lo había parido hasta los choznos que ese hombre probablemente nunca llegaría a ver. Más de uno pensó que se necesitaba mucha práctica para dar ese discurso. Que doña Leonor no era una improvisada en sablazos lingüísticos. Que una cosa era lo que decía y otra lo que reprimía.

El episodio de la reja fue un antes y un después en la consideración que se tenía de ella. Es como si un experimentado profesor de Teoría del Delito y Sistemas de la Pena de la carrera de Derecho enseñara, paso a paso, cómo se constituye un delito y después, como presidente, hiciera todo lo posible para allanarles el camino a los que los cometieron. Es como si en una campaña electoral un candidato prometiera unir a los argentinos y a lo largo un año de gestión al frente del Poder Ejecutivo tratara a un importante sector de los ciudadanos de "odiador", "miserable" e inferior al grupete de "gente de bien" que solo conforman los suyos.

Lo bueno de Alberto Fernández , comparado con doña Leonor, es que él ya había dado muchas señales de lo lábiles que son sus frenos inhibitorios. Antes de decir el lunes pasado que los sectores que mejor se cuidaron y entendieron los riesgos de la pandemia fueron los más necesitados, mientras que otros iban por los diarios denunciando guetos y recorte de libertades, el profepresidente ya había teorizado -también públicamente en su reiterada "gesta" por cerrar la grieta- sobre la "opulenta " ciudad de Buenos Aires, llena de villanos a los que hay que manotearles recursos; los empresarios "miserables que no quieren ganar menos" y que reclamaban soluciones ante el tremendo parate económico que impuso el eterno freno general, y los "odiadores seriales" que hicieron sonar las cacerolas enfrentados a lo que será el "banderazo de la gente de bien", que cree que se hará cuando termine la pesadilla del coronavirus.

Lo bueno de Alberto es que ya conocíamos lo lábiles que son sus frenos inhibitorios

En favor del Presidente hay que decir que se ha venido moderando en sus declaraciones públicas. Otras eran las épocas en que, por Twitter, llamó "pelotudo" al actor Juan Acosta, quien lo había acusado de vivir del Estado; "pajert", a José Luis Espert, por las "boludeces" que predijo, a juicio de Alberto; "onanista verbal" a Lucas Llach; "miserable del año" y "energúmeno" a Fernando Iglesias; "provocador asqueante", a Federico Andahazi; "pelotudo magnífico" -nótese que ya no le alcanzaba el sustantivo- a otro usuario de Twitter, y "celebro que un pajero de tu talla no me valore. Mil gracias", a otro interlocutor.

Faltaríamos a la verdad si no dijéramos que, por momentos, el Presidente tuvo un vocabulario mucho más cuidado. Hace muy poco tiempo -y esta aclaración vale para la revoleada de tremendos tuits añejos de varias figuras públicas-, decía que Cristina Kirchner se había indultado "a sí misma apropiándose de la verdad, de la patria y hasta de la alegría" tras la muerte del fiscal Nisman (ahora Alberto dice que no le caben dudas de que fue un suicidio), condenando "cínicamente a los que quedamos agobiados por lo patético de lo ocurrido"; que Cristina "sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán solo buscó encubrir a los acusados"; que estaba "segura de que la ley penal no caerá sobre ella porque perversamente hizo avalar su nefasta decisión con una ley nacional" (se nota que ya venía practicando), y que "también encubrió la corrupción de su vicepresidente expropiando una empresa fabricante de moneda y logrando que los votos de diputados y senadores legitimaran el ocultamiento de pruebas" (en eso, Cristina sigue practicando). Evidentemente, era la época de Alberto en la que el "profe" se imponía al "presi".

Que buena parte de la ciudadanía acá y en el mundo haya perdido el respeto reverencial que hace muchos años se tenía por quienes ocupaban la primera magistratura de un país es una realidad. Habrá que preguntarse quién lo perdió primero hacia quién, y pensar en cómo subsanamos eso.

Que en política siempre se han dicho frases rimbombantes, maleducadas y hasta temerarias también es muy cierto. No se trata de un invento argentino, mal que nos pese en nuestra carrera hacia el podio de la humildad. Sin embargo, no todas las cosas necesitan decirse de manera tan directa. A veces, la ironía ayuda. Miren si no: Lyndon Johnson, expresidente de los Estados Unidos, dijo de Gerald Ford, uno de sus sucesores: "Es un buen tipo, pero que jugó demasiado al fútbol sin casco". O la histórica frase de Perón: "No es que nosotros seamos tan buenos, sino que los demás son peores".

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el 6 de febrero

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