Que Putin nos salve y Dios nos perdone

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26 de diciembre de 2020  • 03:37

El debut de Alicia Castro como ministra de Aplausómetro del Instituto Patria no pudo ser más feliz. Atenta y vigilante en esa misión antipática pero necesaria de registrar el nivel de adhesión a las intervenciones y discursos de Cristina, captó una verdadera perlita: Juan Pablo Biondi, el vocero de Alberto, no se había dignado tributarles a las palabras de la vice en el acto de La Plata, el viernes pasado, ni un solo aplauso. Orgullosamente buchona, le dedicó un tuit en el que se escandaliza y lo amonesta. Alicita estuvo de embajadora en Venezuela y nunca se percató de que la dictadura bolivariana perseguía, encarcelaba, torturaba y mataba opositores, y que una feroz hambruna recorría el país, pero no se le escapó el detalle de las manos quietas de Biondi. Me sigue impresionando cómo Cristina se apodera de las vidas de sus más fieles acólitos y, villana, les termina robando el alma. Parrilli no me deja mentir. El episodio es muy aleccionador: Cris se dedicó en ese acto a humillar a Alberto y a los funcionarios de Alberto, a los que trató de cobardes, y Alicia Fidelita Castro quería que esos funcionarios aplaudieran; como aplaudía y sonreía Alberto, cuya honra en cualquier momento aparece ofrecida en Mercado Libre.

Creo que la movida de ese viernes nos da las claves para entender el momento. La vice desprecia al presi, y el presi admira y padece a la vice (a los dos les sobran los motivos, diría Sabina), pero han decidido seguir así, juntos y a las patadas, porque se necesitan. Yo los miro entre asombrado y divertido: el espectáculo tiene esa cosa dantesca de verlos pelearse, distanciarse y después reencontrarse, como en La Plata, para lanzar la campaña electoral de 2021. Podríamos decir: que las discordias no perturben el relato, o que el relato se construya a partir de las discordias. Son unos genios: el barco que lleva al Patria y al Gobierno es un aquelarre, a bordo hay motines y confusión, y sin embargo ahí va, aguas arriba. ¿Adónde nos dirigimos, capitán Alberto? "No sé, pregúntenle a Cristina". ¿Adónde, señora? "Yo sé adónde queremos ir, pero no sé qué hacer con Alberto".

Otro hecho revelador es el affaire vacunas. Temprano se había cerrado un acuerdo con Oxford AstraZeneca, que se frustró por problemas en el desarrollo de esa vacuna. Una vez que Alberto hace algo a tiempo, se le cae; con todo derecho puede haberse preguntado si lo de los dioses con él es un tema de inquina personal. Hasta entonces, Cristina había dejado hacer, muy poco convencida: Ginés no le despierta la más mínima confianza, y además no lo quiere; "Ginés es Alberto", dice con desdén. A fines de octubre, la señora recibió en su despacho del Senado al embajador ruso. "Analizaron las relaciones bilaterales", se dijo oficialmente. Minga. El embajador le llevaba un mensaje de Putin: si quieren una vacuna buena y barata, no busquen más, la Sputnik V colmará todas sus expectativas. Cristina compró. La perspectiva de tener que caer en las manos gringas de Pfizer la tenía mal. Lo que siguió a ese encuentro está escrito en el capítulo 1 del manual cristinista de la perversidad: mandó en secreto a Moscú a la viceministra de Salud, Carla Vizzotti; muy bien elegida: responde a ella, tiene simpatías troskas y está enfrentada con Ginés. Pobre ministro, se enteró tarde y mal de que su segunda estaba en Rusia negociando la compra de la vacuna. ¿Traición? No, una suerte de perros.

En los centros de vacunación pondría fotos de Putin y discursos de Cristina

Como está a la vista, de todo lo demás se ocuparon Alberto, siempre mal rumbeado en fechas y pronósticos, y su gabinete de extracción científica, cuya impericia hace prever que en el próximo reclutamiento de ministros van a recurrir a los oficios de un headhunter. Mete miedo, por supuesto, no tanto la Sputnik, sino lo que pueda haber salido de una negociación en las tinieblas con alguien como Putin. Imagínense el duelo Putin

Vizzotti, o incluso entre Putin y el dúo Vizzotti-payasa Filomena. Si el viejo espía, experto en envenenamientos, se presenta ante la providencia, será para agradecer.

Nuestro querido profesor presidente festejó en su mensaje de Navidad la llegada del avión con las primeras muestras gratis de la vacuna rusa; solo faltó que al piloto lo caracterizaran como Papá Noel. No sé si suscita desazón o ternura que se celebre el arribo de una vacuna que está en fase de prueba, que todavía no puede ser usada en mayores de 60 años y que no ha recibido el aval de las publicaciones científicas internacionales encargadas de dar el nihil obstat. Insisto: la Sputnik seguramente será muy buena, pero es rusa, la vende Putin, la compra Filomena y está floja de papeles. De hecho, somos el primer país que se anima a adquirirla. ¿Estoy dispuesto a formar parte del experimento, a poner mi brazo? Por supuesto, pero vayan empezando; no me esperen.

Con espíritu colaborativo propio de estas fechas, me permito dejarle al Gobierno algunas propuestas en las vísperas del año electoral; qué tal si en los centros de vacunación ponen fotos de Putin, discursos de Cristina y, claro, ovaciones grabadas, cosa de que no se nos enoje Fidelita Castro.

Y la nave va. La nave de los Fernández va, caótica y misteriosa. ¿No será hora de que también nosotros, los que nos agolpamos en las bodegas, presentemos nuestro reclamo a los dioses?

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