Una triste carta para Diego

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28 de noviembre de 2020  • 05:00

Ayer me puse a escribir esta columna y de pronto, sin haberlo previsto, lo que me salió fue una carta a Diego. Una carta triste. Bueno, todos estamos así, por su ida y por esa despedida, tan atroz. Le abrí mi corazón. Esto fue lo que le puse.

Querido Diego, ahora sí descansás en paz; la cosa se demoró algunas horas, te tuvieron que correr de apuro en la Casa de Gobierno, profanaron la capilla ardiente y tu hora más sagrada, pero finalmente encontraste el sosiego. Descansarás de esos que, en tu entorno (médicos, abogados, arribistas), venían causándote tanto daño, sumado al daño que, como lo admitiste tantas veces, vos mismo te habías hecho. Cómo es posible que te hayan llevado -o no te hayan impedido ir- a la cancha de Gimnasia el día de tu cumpleaños, si no podías mantenerte en pie. Era el estreno del patrocinio de YPF en tu buzo y ahí estaba Tinelli, con lo cual se entiende muy bien: el show debía continuar.

A propósito: qué solo te dejaron en tus horas finales. Un sobrino tuyo dice que te cruzó por la casa a las 11 de la noche del martes, y alguien fue a tu cuarto a las 11.30 de la mañana del día siguiente y te encontró ya sin vida; ¿más de 12 horas sin que nadie velara por un enfermo terminal? ¿Más de medio día sin compañía y sin asistencia? Millones de personas en todo el mundo hubiesen querido estar ahí para sostener tu aliento, pero las poquitas que podían hacerlo, no estuvieron, vaya a saber por qué. Me dicen que desde hace unos años no era sencillo seguirte, acomodarse a tu forma de vida y a tu depresión; también es cierto que allí, a tu alrededor, se había formado un mundo de intrigas, intereses y conflictos; pero vos te estabas yendo, tus más cercanos lo sabían, y a ninguno se lo vio junto a tu cama. ¿Acaso alguien te encapsuló? El escritor español Juan Cruz habló ayer, en Clarín, de "la soledad de oro y mierda" que constituye el triunfo deportivo.

Descansarás de los políticos. Qué barbaridad lo que hicieron esos políticos a los que, además, defendiste (ahí, como con Fidel o Maduro, no puedo seguirte). En el peor de los escenarios, intentaron que jugaras para su equipo cuando el partido ya había terminado; en el mejor, son atolondrados e ineptos. No hablo con el diario del lunes: se sabía que no hay forma de que 1 millón de personas quepa, por decirlo así, en 10 horas; se hubiesen necesitado dos o tres días. También lo sabía el Gobierno, que intentaba convencer a tu familia de prolongar el velatorio; increíble: tu familia, que desde el miércoles había advertido que no quería una ceremonia ni larga ni monumental, tenía que dejar de llorarte para hacer frente a la presión de los funcionarios que se alternaban para pedirle una extensión del horario.

Por entonces eras nuestro, eras argentino; hoy no tenés fronteras

Y bueno, viste lo que pasó: apenas la gente se enteró de que había sido mal convocada, engañada, que no te iba a poder despedir, se desmadró todo; cientos treparon las rejas e invadieron la Casa Rosada; quién iba a decir que la movida usurpadora de terrenos, campos e iglesias no perdonaría ni a la Casa Rosada. Yo hubiese puesto la seguridad en manos de Gildo Insfrán, que ya se sabe que no deja pasar a nadie. Los invasores llegaron hasta el Patio de las Palmeras, que no sufría tamaño ultraje desde los patios militantes de Cristina. Hablando de Cristina: conseguiste lo que nadie, juntarla con Alberto, pero qué lástima que durara tan poco; el horno no está ni para que se refugien juntos: él se atrincheró en su despacho; ella, en el de Wado. El profesor ya tiene tres nuevas fotos en su álbum: haciéndose selfies con los que estaban en la fila para entrar, en el balcón pidiendo calma y tirado con un casco debajo de su escritorio.

A vos, Diego, te llevaron zumbando a otro salón y te rodearon de soldados; el silencio de las armas había reemplazado al rumor doliente de las multitudes.

Por fin descansarás a tus anchas; descansará tu cuerpo, veterano de mil batallas, y tu cabeza, rápida y hábil como tus piernas; como tu cuerpo, maltratada, deshecha. Aquí no descansaremos hasta saber si lo de anteayer fue, además, un desastre sanitario; después de la memorable nota de Héctor Guyot no queda mucho más por decir sobre eso, pero es raro que un gobierno que no quiere ver ni a 10 chicos en un aula, distanciados, invite a apretarse a un millón de personas.

Descansarás de tipos como yo, que, como escribí el miércoles, durante 30 años no supe entenderte, no supe ver la historia completa; me quedaba con todas esas cosas objetivamente cuestionables -caprichos, excesos, violencias-, sin atender las causas y el contexto. Gracias a Dios (y, vuelvo a decirlo, gracias al amigo que tenemos en común, Daniel Arcucci), esa obstinación en negarte dio paso a una mirada mucho más comprensiva. El miércoles, te lloré.

¿Viste las tapas de los diarios de todo el mundo? Qué tremendo homenaje. Ayer me estaba acordando de cuando fui a ver tu debut en el seleccionado, en la Bombonera, frente a Hungría. Tenías 16 años y entraste a los 20 minutos del segundo tiempo bajo un rugido de emoción y esperanza, porque ya se presumía que eras un crack. Cada toque tuyo, cada intervención era seguida de murmullos y aplausos. Un día inolvidable.

Por entonces eras argentino; hoy no tenés fronteras.

Mi gratitud y mis respetos, campeón.

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