Emilio Gibaja: un hombre bueno, un incansable luchador por la democracia

Emilio Gibaja
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31 de mayo de 2020  

Ayer por la mañana, en Buenos Aires, murió un hombre bueno. Murió Emilio Gibaja, una de las últimas figuras de relevancia en el movimiento estudiantil universitario que llevó el peso de la tenaz resistencia a los desafueros del primer peronismo contra las libertades públicas.

"Milo". Así se lo conocía, a secas. Su presidencia en 1954 al frente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) fue tan breve como lo requirió la urgencia por huir a Uruguay, después de un asilo precario en el consultado de ese país: el embajador del presidente Luis Batlle Berres se había marchado a Montevideo. Lo despidieron tres muchachos cuyas vidas adquirirían notoriedad pública: Roberto "Bobby" Roth, que sería secretario Legal y Técnico del presidente Onganía; Mariano Grondona, subsecretario de Interior con el presidente Guido, catedrático y talentoso columnista político, y Mario Dielh Gainza, abogado, con el correr de los años, de Celia de la Serna, la madre del "Che" Guevara.

La historia fue contada muchas veces, y nadie mejor para haberla contado que Félix Luna.

En 1951, "Milo" y "Falucho" habían caído en manos policiales mientras distribuían panfletos en favor de la huelga ferroviaria de ese año, fomentada por radicales y socialistas. El asunto había desconcertado al gobierno. A tal punto, que Eva Perón se hizo presente en una asamblea gremial a fin de provocar, con su inmensa personalidad, que se desistiera de la lucha. La "Hada de los humildes" se retiró con las manos vacías. Pero aquella panfleteada costó a "Milo" y a "Falucho" que la picana eléctrica recorriera sus cuerpos en una comisaría de Boulogne.

Primero fue el turno de "Milo". "Flaco, debilucho y asmático", lo recordaría el autor de "El 45". Luna anotó que al volver "Milo" de la siniestra sesión oyó que "puteaba por lo bajo". Y cuando alguien putea, se dijo, "es que no está vencido del todo".

Pasaron los años. En 2014, en una entrevista periodística, Emilio Gibaja distinguió de este modo dos épocas: "Perón combatía de frente. Estos (por los kirchneristas) son más descarados, no saben nada; son ignorantes".

Los centros que adherían a la FUBA carecían de medios para expresarse en las facultades. En Derecho, de la cual "Milo" egresaría bastantes años después, sólo se permitía un local, el de los estudiantes, algunos no poco fascistas, que militaban en la Confederación General Universitaria.

Años de dura lucha estudiantil contra un poder omnímodo, con diarios clausurados y censores vigilantes sobre lo que se informara en cada línea. Años en que "Milo" ganaba un módico sustento imprimiendo apuntes para el Centro de Estudiantes de Ingeniería, en el que reconocía la vanguardia del enfrentamiento más enardecido contra el peronismo.

Años de diferencias abismales. Todos pegaban, cada uno como podía. Perón había convocado para abril de 1954 a elección de vicepresidente, pues había muerto ante de asumir el segundo mandato su compañero de fórmula, Hortensio Quijano. La Unión Cívica Radical proclamó en el Parque Rivadavia a su candidato, Crisólogo Larralde. En medio del gentío que se agolpaba por varias cuadras de la avenida Rivadavia, los estudiantes de la FUBA que "Milo" presidiría por escaso tiempo contagiaron a la multitud con una cadencia de letra tan desafiante como curiosa. Habían reconvertido el fraseo de la Marcha Peronista y cantaban: "Los muchachos radicales/ todos unidos triunfaremos/ y a Perón lo colgaremos/ en la Plaza San Martín/ viva Balbín, viva Balbín.../"

Cayó Perón en 1955 y el radicalismo se dividió en 1956. Gibaja quedó enrolado en lo que sería la UCR del Pueblo, mientras estrechos amigos, como Félix Luna y Silvio Neuman, luego embajador, se alineaban en la UCR Intransigente de Arturo Frondizi.

Otro Arturo convocaría a Gibaja a la Casa Rosada, en 1963. Fue de tal modo, valido entre otras experiencias de una del ámbito publicitario, Director General de Prensa y Difusión de la presidencia del doctor Illia. Acompañó hasta el final, en 1966, al político por quien sintió verdadera devoción.

Distinto desarrollo tuvo su papel al lado del presidente Alfonsín, ya como secretario de Estado de Información Pública. Había ejercido no mucho más de un año esas funciones cuando el presidente le pidió la renuncia. Lo halagó, entre disculpas "por esos compromisos de la política que usted sabe", con la promesa de una embajada o la Secretaría de Turismo. Alfonsín nunca retomó esos temas con quien lo había seguido desde la fundación del Movimiento de Renovación y Cambio. No hubo una sola de queja de Gibaja, derrotado en reyertas de palacio por disidencias con quienes venían precedidos de otras luchas estudiantiles, ulteriores a la propia: las de Franja Morada.

Aún desde posiciones francamente minoritarias y con la salud quebrantada en los últimos años, este hombre siempre luchó por convicciones profundamente democráticas. Podía parecer algo dogmático por momentos. Pero el gesto que mejor lo definía era el de la risa bonachona y abierta, que perduraba hasta cuando alguien mentaba aquel memorable diálogo de Perón y Luna, en Madrid, en 1968, que tanto le concernía. Perón acababa de decir a Luna que su gobierno no había perseguido a nadie. Luna había replicado con el testimonio de las torturas padecidas y Perón había respondido a su vez, sin nada que negar, como si estuviera hablando de sucesos de otro siglo: "Y sí, algunas veces se les iba la mano a los muchachos".

Emilio Gibaja estaba casado con Susana Gómez Crespo. Había nacido en Luján el 3 de enero de 1932.

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