Mirar dónde la pelota está; mirar dónde la pelota irá

Alberto Fernández
Alberto Fernández Crédito: Alfredo Sabat
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30 de marzo de 2020  

Oh, sí! -dice Cecilia Cardew, joven aristócrata, dirigiéndose al pretendiente, el señor Algernon Moncrieff, cuando hablan del párroco que podría casarlos, en el segundo acto de La importancia de llamarse Ernesto, de Wilde-. El doctor Casulla es un hombre doctísimo. No ha escrito jamás un solo libro, así es que puede usted figurarse lo mucho que sabe".

Nunca he enviado un artículo a The Lancet; tampoco a Nature. Tengo todavía suficiente juicio como para evitar esa locura. Las publicaciones científicas me son absolutamente ajenas por una cuestión de ignorancia orgánica y mi nombre nada les dice ni les dirá a esas revistas capaces de convertir, entre un número y otro, a un profesional desconocido en celebridad mundial. Tal es su prestigio. Dicho sea de paso: nadie es alguien en el mundo científico si no publica papers en inglés.

Pero tengo bastante más años de los 18 de la señorita Cecilia Cardew mientras revoloteaba con la impaciencia propia de la edad y entre la implosión de las hormonas que trabajaban de mariposas en la mansión campestre de Tumbridge Wells. Por bastante más viejo, al menos, me inclino con respeto ante quien haya acometido la tarea noble de escribir libros, sobre todo si son buenos, y con más razón hoy si versan sobre ciencias compatibles con la urgencia por respuestas certeras en esta hora de incertidumbre y espanto en la humanidad afligida por un maldito virus. Aunque no las haya todavía, somos deudores de gratitud a esas tropas de médicos y enfermeros de la primera línea de fuego que velan por nuestra salud mientras el enemigo propende a producir más estragos que los ya hechos por doquier.

Como en circunstancias de hondo dramatismo en el planeta es útil aliviar las llagas a flor de piel que exacerban las cuestiones de género de un tiempo a esta parte, deberé decir que tampoco valido las alegaciones del pretendiente de Cecilia Cardew. En su desdeñoso comportamiento de salón, pulido incansablemente como arte al servicio del escándalo mundano, el señor Algernon sostiene que el ejercicio de la crítica literaria no es para cualquiera. Que debemos dejarla, por lo tanto, en manos de quienes "no han estado en una universidad". He sentido, por motivos específicamente personales, como se comprenderá, un golpe en el hígado cuando a renglón seguido Algernon murmura: "¡La hacen tan bien en los diarios!".

Podría decirse que la crítica afilada de Wilde a la frivolidad y ligereza aristocráticas encuentra hoy su contracara en la preocupación de intelectuales europeos por saber si la crisis pandémica que sufrimos acelerará la pérdida de confianza o no en expertos y medios de comunicación tan propia de la sensibilidad populista; los "no chetos", en la jerga atrevida de Marcelo Saín, ministro de Seguridad de Santa Fe. No hace falta decir que los inspiradores de la actual sensibilidad populista crecieron sin la ironía espléndida de los personajes de Wilde.

Un comentarista europeo ha dicho que después de la caída de Lehman Brothers en 2008 estalló un fenómeno de menor confianza en los políticos, de menor satisfacción en la democracia, de menor apoyo a los partidos orgánicamente constituidos, y de más apoyo a populistas recién llegados por parte de una opinión de voto más volátil que nunca. O sea, que "la política es menos predecible que antes, los sistemas políticos están más fragmentados y polarizados, y hay menos gobiernos fuertes, estables e ideológicamente coherentes como para navegar en grandes crisis". Y que estamos menos preparados que en el pasado si la anarquía irrumpiera para quebrantar la disciplina social con la que se procura, bien o mal, atajar la expansión de un ejército invisible pero real: el Covid-19.

¿Dónde está Churchill, entretanto? ¿Dónde está Adenauer? ¿Dónde está De Gaulle, por Dios? ¿Dónde está el líder mundial, en fin, con el carácter y pensamiento estratégicos para pilotear esta tormenta, y en particular, si lo que de por sí es gravísimo, pasa a ser peor?

Los deportistas saben que hay que mirar hacia dónde está pelota. Eso se estaría cumpliendo con las rígidas medidas de aislamiento individual y colectivo en la instancia inicial de la crisis. Pero los deportistas saben también que hay que mirar al mismo tiempo hacia dónde la pelota irá. ¿Lo sabemos verdaderamente, cuando un ministro de Salud, calificado sanitarista, nos dijo que el virus no habría de entrar aquí? ¿Podemos confiar en los criterios estadísticos de la Organización Mundial de la Salud cuando algunos científicos de reputación cuestionan estimaciones sobre curvas de la pandemia, y demás?

Hasta aquí, el Gobierno ha actuado con la aprobación generalizada de la población sobre la necesidad en una primera etapa de establecer el confinamiento coactivo general, con excepciones debidamente pautadas. Ahora quisiéramos saber si se prepara de igual forma, para el mediano y largo plazo -para la vuelta de la esquina, no más-, en la hipótesis de una pulsión competitiva entre dos fuerzas de extraordinario potencial. Por un lado, el de la responsabilidad angustiada por lograr que el aislamiento reduzca hasta donde sea posible el riesgo de la contaminación entre unos y otros. Por el otro, la vida misma: vital, descontrolada, heterogénea, impredecible que se contagia no solo por la acción de los virus, sino también por la imitación de conductas de otros seres humanos, como en los rebaños.

¿Qué ocurriría si un día esta última fuerza de la naturaleza se dispusiera a abatir las compuertas del encierro compulsivo para continuar con el trabajo hoy paralizado, para alimentarse, para robar y cometer otros delitos, para estudiar, amar, o para resolver las angustias existenciales de los tiempos de clausura? Y, al fin sin saberlo bien, para que la sociedad de la que es carne y sangre no se degrade en mayor grado, y menos todavía, caiga por inanición. Ninguna regla tiene más peso específico en oro que la de la autopreservación de la especie. Si entraran en colisión aquellas fuerzas que invocarían su nombre, ¿cuál de las dos prevalecería?

Tal vez pueda interpretarse que la razón asistía a Cecilia Cardew si lo que propendía a decir es que las verdades más profundas no están necesariamente en los libros, sino en las experiencias y sabiduría que maduran con la vida. Percibimos así, no con asombro, que día a día crece, entre gentes de toda condición intelectual, el número de quienes aceptan que esta crisis es de tanta o mayor gravedad que una guerra. En las grandes conflagraciones, los gobiernos ordenaban a las industrias fabricar más tanques, más aviones, más barcos; hoy, les ordenan fabricar más respiradores. Si el tiempo para obtener una vacuna eficiente es lento, lentísimo para las urgencias del caso, entonces la medicina deberá alinearse como una más, y acaso sin rango privilegiado, entre muchas otras disciplinas que deberán converger para la decisión mancomunada sobre el camino ulterior por seguir.

Por su investidura, corresponderá al presidente de la Nación disponer de la palabra en primer lugar. La amplificación de su voz dependerá de la habilidad y responsabilidad por preservar la unidad de acción en la emergencia de los principales agrupamientos políticos, sociales y culturales de la Nación.

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