Coronavirus: Cómo combatir la epidemia de la soledad en plena pandemia

La soledad es una sensación subjetiva, pero los investigadores han empezado a encontrarse señales en el cerebro que colocan la necesidad de interacción social a la par de la necesidad de alimento
La soledad es una sensación subjetiva, pero los investigadores han empezado a encontrarse señales en el cerebro que colocan la necesidad de interacción social a la par de la necesidad de alimento Fuente: Archivo - Crédito: Shutterstock
Emily Sohn
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21 de diciembre de 2020  • 16:14

NUEVA YORK (The New York Times).- Los humanos podemos sobrevivir tres minutos sin aire, tres días sin agua, tres semanas sin comida, y según el saber popular de supervivencia, tres meses sin compañía. Cierto o no, lo que queda claro es que la gente necesita gente. Y las pandemias, como estamos entendiendo ahora muchos de nosotros, pueden ser tiempos de mucha soledad.

Tras meses de confinamiento y quedarse en casa, algunos expertos están preocupados por el creciente número de personas que dicen sentirse solas, especialmente los jóvenes y los adultos mayores. Pero la resiliencia también está extendida, y el estudio de la soledad revela una gran variedad de métodos para combatirla.

"A la luz de esta pandemia, hay varias maneras de combatir la sensación de desconexión y mitigar el sentimiento de soledad, sin incumplir con el distanciamiento y las medidas de precaución", dice Julianne Holt-Lunstad, profesor de psicología y neurociencia de la Universidad Brigham Young. "Y uno de los resultados de nuestras investigaciones es que la contención social ayuda muchísimo en tiempos de estrés."

Mucho más que estar solo

La soledad es una emoción compleja. Podemos sentirnos solos en una habitación llena de gente, o sentirnos acompañados cuando no hay nadie cerca. Además, la necesidad de conexión con otros varía enormemente de personas a persona, dice Holt-Lunstad.

La soledad, entonces, es una sensación subjetiva, pero los investigadores han empezado a encontrarse señales en el cerebro que colocan la necesidad de interacción social a la par de la necesidad de alimento. En un estudio publicado en noviembre, los científicos privaron a los participantes de tener contacto con otras personas y escanearon su actividad cerebral durante ese tiempo. Tras apenas 10 horas de aislamiento en un laboratorio -donde podían leer o dibujar, pero no tenían acceso a sus teléfonos o computadoras- los participantes informaron sentirse solos y anhelar las interacciones sociales. Cuando se les mostraron fotos de personas interactuando socialmente, las imágenes del tomógrafo mostraron una actividad del mesencéfalo idéntica a la de quienes ven fotos de comida tras 10 horas de ayuno.

"Es algo que se repitió sorprendentemente en todos los participantes", dice Livia Tomova, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Cambridge y coautora del estudio. "La interacción social no cumple una mera función de esparcimiento o bienestar: es algo que necesitamos realmente para poder funcionar."

Sin conexión social, la gente suele caer en depresión, lo que a su vez retroalimenta la sensación de soledad. La soledad crónica también está asociada a un aumento de las cardiopatías, el mal de Alzheimer, el suicidio y directamente la muerte.

Encontrar un amigo

Cuando la soledad interfiere con la capacidad de funcionar o suscita pensamientos autodestructivos, hay que buscar ayuda profesional. Para eso existen líneas de teléfono permanentes de prevención del suicidio, y la mayoría de los psicoterapeutas ya ofrecen asistencia online. Para formas más leves de la soledad, hay décadas de investigación al respecto que revelan numerosas estrategias para aliviar el peso del aislamiento pandémico.

La más obvia es buscar apoyo en los amigos. Existe un amplio abanico de estudios que revelan que las personas son relaciones sociales fuertes tienen mayores posibilidades de vivir más tiempo que las personas con conexiones débiles. El simple hecho de saber que hay gente que está ahí para uno, dice Lunstad, alcanza para reducir el estrés.

En un pequeño estudio, los participantes pudieron completar una tarea estresante (dar un discurso que, según se les avisó, sería grabado y evaluado), sin alterar su ritmo cardíaco ni su presión arterial, gracias a la simple indicación de hacerlo mientras pensaban en un amigo querido, en comparación con una persona conocida cualquiera.

En tiempos de distanciamiento social, esa cercanía puede lograrse por teléfono, con mensajes de texto para mantenerse al tanto de la vida del otro, pasar por su casa a dejar un regalo, saludar con la mano desde una ventana.

"Cuando damos contención y apoyo a otros, también les damos sentido y propósito a sus vidas", dice Lunstad. "Eso sirve para fortalecer los vínculos sociales y con el tiempo reduce la sensación de soledad."

A la hora de buscar conectar con otro, lo mejor es enfocarse en los amigos y familiares más incondicionales.

Algunas investigaciones demuestran que las personas se sienten más estresadas y desconectadas cuando en sus redes de familiares y amigos hay personas que previamente las han traicionado, que se borraron en los malos tiempos, que suelen discutir con ellas y despertarle cualquier otro tipo de sentimiento negativo.

Un llamado a un amigo íntimo, por lo tanto, probablemente ayude más que una reunión por Zoom con compañeros de la secundaria.

"Aumentar los contactos sociales no alcanza por sí mismo", dice Bert Uchino, profesor de psicología de la Universidad de Utah en Salt Lake City. "Lo que hay que hacer es aumentar ellos contactos con las personas que son importantes y positivas para uno. Son esas las relaciones que nos hacen salir adelante."

Ayudar a un extraño o buscar un hobby

Este también podría ser un buen momento para ayudar a nuestros vecinos. Holt-Lunstad y sus colegas descubrieron que usar la aplicación social barrial NextDoor -que asigna personas al azar para que realicen pequeños actos de solidaridad, como entregar comestibles, charlar a través de la ventana o participar en un evento de limpieza del vecindario-, hace que la sensación de soledad disminuya de un 10% a un 5% de personas que realizaron actos solidarios.

La investigación sugiere que ni siquiera es necesario conocer a las personas a las que está ayudando. Según Uchino, incluso ayuda donar dinero para una buena causa. En una serie de experimentos, los investigadores encontraron que las personas que daban dinero a otros eran más felices que gastándolo en sí mismas.

Otra opción son los pasatiempos, como la cocina, la jardinería, escribir un diario personal o escuchar música. Las artes creativas también pueden mitigar la soledad, y aunque en este momento cantar presencialmente en un coro tal vez no sea posible, cantar con otros desde los balcones o en grupos virtuales puede ser una herramienta poderosa contra la sensación de soledad.

Salir de la virtualidad

La soledad puede afectarnos a cualquier edad, pero los más jóvenes pueden llevarse la peor parte, por la cancelación de actividades y la falta de socialización con sus pares. En una encuesta difundida en octubre por la Asociación Estadounidense de Psicología, alrededor de un 73% de los adultos de la Generación Z informaron sentirse solos.

Aunque las videollamadas grupales y los intercambios por las redes sociales han acaparado las vidas de mucha gente durante la pandemia, todavía no sabemos los efectos de las comunicaciones virtuales sobre la sensación de soledad. Un estudio de 2012 reveló que las conversaciones por teléfono o presenciales entre madres e hijas producían cambios hormonales que reducían el estrés en ambas, en contraposición con los mensajes de texto, que no tenían el mismo efecto. De hecho, el uso intensivo de las redes sociales ha sido vinculado con lo contrario: una mayor sensación de soledad y aislamiento.

Para los jóvenes, que ya estaban habituados a la comunicación digital antes de la pandemia, puede llegar a convertirse en sustitutos válidos de la interacción cara a cara. Y algunos tipos de redes sociales pueden ayudar a que la gente se sienta más conectada, dice Tomova, que se dedica a estudiar las formas que mejor satisfacen nuestra necesidad de interacción social y los motivos de eso.

"Todavía no queda claro", dice Tomova. "Nos queda mucho por descubrir."

Por el momento, mucho siguen sobrellevando como mejor pueden una realidad difícil y sin precedente. Entre ellos se cuenta Henry, de 96 años, residente de la Comunidad de Vida Asistida Gran Oaks, en Washington. Al principio de la pandemia, Henry la llevaba bastante bien, pero en estos últimos meses murió su mejor amigo, de causas no relacionadas con el Covid-19.

Ahora, Henry se siente aislado. Sus mejores amigos y familiares viven en otras partes de Estados Unidos o en Inglaterra. Y aunque pudiera, tendría que hablarles a través del vidrio del ventanal que da al jardín de la residencia donde vive.

Sus interacciones sociales se limitan actualmente a llamadas telefónicas o salidas a la calle, donde apenas interactúa con los desconocidos que pasan.

"Ojalá pudiera tener un contacto más cercano con algunas personas", dice Henry. "El aislamiento es inevitable y no hay más remedio que adaptarse, así que lo estoy haciendo."

(Traducción de Jaime Arrambide)

Por: Emily Sohn

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